La IA nos extiende la mente… pero también la amputa.
Delegamos escritura, memoria, pensamiento crítico, creatividad. El GPS ya nos quitó la orientación espacial; ChatGPT y Midjourney están quitando mucho más: la costumbre de hacer internamente el trabajo mental antes de pedirlo afuera.
Platón lo advirtió hace 2400 años sobre la escritura: “Producirá olvido en las almas de quienes la aprendan, al descuidar la memoria”. Hoy esa advertencia es sobre prompts: cuando el atajo se vuelve norma, lo que se atrofia no es la herramienta, sino el músculo que ya no se ejercita.
McLuhan lo llamó “autoamputación desesperada”: extendemos una facultad hacia afuera y, para tolerar la nueva escala, entumecemos partes de nosotros. Heidegger habló del Gestell, el “armazón” que encuadra todo como recurso disponible. ¿Resultado? Una generación que parece saberlo todo… sin saber realmente nada por dentro.
Pero no es inevitable.
Aún hay tiempo.
Aún podemos resistir.
1) Cómo la IA acelera la atrofia cognitiva
La atrofia no ocurre porque “la IA sea mala”, sino por un patrón: delegar antes de intentar. Cuando la secuencia cotidiana se vuelve “preguntar → copiar → pegar”, el circuito “leer → intentar → fallar → ajustar → entender” deja de repetirse.
El costo no se siente de inmediato. Se siente después: cuando hay que escribir sin ayuda, argumentar sin muletas, recordar sin buscador, decidir sin recomendador. La pérdida es silenciosa porque se disfraza de productividad.
2) Las extensiones que nos encogen (calientes vs frías)
McLuhan distinguía medios “calientes” y “fríos” según cuánto esfuerzo exigen del receptor. Sin importar cómo clasifiquemos cada herramienta, el punto es práctico: hay tecnologías que piden participación y tecnologías que la reemplazan.
El GPS reemplaza el mapa interno. Los modelos generativos reemplazan el borrador interno. Lo peligroso no es usar extensiones, sino usarlas de modo que reduzcan sistemáticamente la participación.
Cuando el mundo se vuelve demasiado “asistido”, la mente se acostumbra a un clima sin fricción. Y, como con el cuerpo, sin resistencia no hay fuerza.
3) El riesgo ontológico de delegar el ser
No delegamos solo tareas: delegamos criterios. Delegamos lo que cuenta como “bueno”, “suficiente”, “interesante”, “verdadero”. Y cuando eso se vuelve hábito, la vida se organiza alrededor de lo sugerido.
Aquí el riesgo es ontológico: no es solo perder habilidades, sino perder autoría. Que el yo se convierta en un operador de interfaces, alguien que elige dentro de menús prearmados, en lugar de alguien que descubre, insiste, soporta la incomodidad de no saber y, por ese camino, se transforma.
Si todo aparece como recurso —y nosotros mismos como un recurso a optimizar—, el horizonte de lo humano se estrecha sin que lo notemos.
4) Un marco práctico para recuperar el esfuerzo mental
Resistir no es “no usar IA”. Es reintroducir esfuerzo donde hoy lo expulsamos por defecto. Algunas prácticas simples, sostenidas, cambian la trayectoria:
- Intento primero: antes de preguntar, escribir 10–15 líneas propias (o un esquema) y recién después pedir ayuda.
- Ayuda como tutor, no como reemplazo: pedir contraejemplos, preguntas guía, criterios de evaluación; evitar “hazlo por mí”.
- Bloques sin asistencia: reservar ventanas (por ejemplo, 45–90 minutos) para leer/escribir/razonar sin modelos.
- Recuperar memoria activa: practicar active recall (resumir sin mirar, explicar en voz alta, reconstruir argumentos).
- Orientación sin GPS (a veces): navegar tramos conocidos sin guía para mantener vivo el mapa interno.
- Fricción deliberada: elegir proyectos que exijan continuidad, donde el progreso no sea instantáneo.
Nada de esto es heroico. Es higiene.
La pregunta de fondo es sencilla: ¿queremos ser usuarios cada vez más eficientes, o seres cada vez más capaces?
Todavía podemos elegir.