Louise Bourgeois. Femme Maison. 1946–1947.
Clasificación, adicción e identidad
Pensemos una escena común en los procesos de selección: un candidato se sienta frente a su entrevistador y, al ser interrogado por un bache en su historial laboral, responde con honestidad brutal: «Fuí adicto». Todo un ejercicio catártico de transparencia.
Al pronunciar la palabra «adicto», el candidato no solo describe un pasado, sino que se encierra en una identidad inamovible. El entrevistador, condicionado por los prejuicios del sentido común, tiende a activar una mirada reduccionista: suprime los matices de una vida para orbitar alrededor de esa etiqueta. Se asume que quien transita esa realidad pone de manifiesto su incapacidad de gobernarse. Al mismo tiempo, se desencadena la batalla en el frente interno del candidato: puede sentirse un impostor como resultado del juicio ajeno, y abandonar la búsqueda.
Esta situación evoca las reflexiones de Foucault (2003/2005) sobre el poder psiquiátrico y los discursos de normalización. Foucault argumentaba que las instituciones modernas no solo reprimen, sino que ayudan a producir sujetos a través de etiquetas clínicas. Cuando la medicina o la sociedad estampan la etiqueta en la frente de un individuo, confinan su potencia vital a los límites de esa definición.
Traigamos aquí la historia de Cheryl Strayed, historia que fue adaptada en 2014 para la pantalla grande, basada en su propia autobiografía, Salvaje (Strayed, 2012/2013). A los veintidós años, Cheryl perdió a su madre y, durante los años siguientes, atravesó un período marcado por el consumo de heroína y severos problemas familiares. A los veintiséis años decidió salirse del círculo de destrucción en el que transcurría su vida, e iniciar una caminata solitaria de casi dos mil kilómetros por el Sendero de la Cresta del Pacífico, en el norte de California. El relato de ese período de su vida reúne el duelo, el consumo, los errores y el esfuerzo por reclamar su propia vida. Reducir la experiencia de Cheryl a la etiqueta de «adicta» hubiera impedido observar la verdadera dimensión de su individualidad: un proceso en el que reescribe su historia, cuestiona sus decisiones y forja una nueva relación consigo misma. La historia de Cheryl nos ayuda a problematizar de forma más adecuada la necesidad de rescatar la totalidad de una persona, trasgrediendo nuestros propios estigmas. Más allá de cualquier etiqueta reduccionista, observamos el emerger de una existencia compleja que no se deja absorber por el rótulo impuesto de la adicción.
Thomas Szasz (1985/1990) afirma que la etiqueta «adicto» funciona como una identidad estigmatizada, aplicada con frecuencia a alguien contra su voluntad; asimismo, Maximiliano Zeller (2023) muestra que el uso social de la palabra «droga» nos transporta a asociaciones de delito, daño, adicción y vicio. Hanna Pickard (2021), por su parte, nos advierte cómo para algunas personas identificarse como adictas también ofrece el cobijo de una comunidad, el reconocimiento y una explicación de quiénes son. Es claro que el rótulo de «adicto» tiene en su relación con el grueso de la sociedad un carácter devastador y, a la vez, genera un anclaje identitario del que no es fácil desprenderse. Me pregunto entonces: ¿cómo una categoría social o un diagnóstico se introduce en la vida de una persona hasta producir la misma realidad que pretende describir?
En primera instancia, la categoría de «adicto» aglutina conductas heterogéneas bajo un tipo social en apariencia uniforme. En consecuencia, tanto las instituciones como el entorno social proyectan sobre dicho tipo ciertas expectativas predeterminadas: la cronicidad del consumo, la pérdida de la autonomía decisoria o la presunción de riesgo latente. Estas expectativas influyen negativamente sobre los vínculos interpersonales y restringen las opciones de los afectados. Finalmente, el sujeto clasificado puede subvertir la categoría, instrumentalizarla estratégicamente o incorporarla a su propia subjetividad; cualquiera de estas respuestas modifica su conducta y, por extensión, el significado público del rótulo. Cabe aclarar que su existencia no implica que el consumo problemático sea una ficción, sino que apunta a cómo una categoría social puede incorporarse a las condiciones estructurales que inciden en el fenómeno.
Para este fin, voy a recorrer en primer lugar las delimitaciones que supone la palabra «droga» y cómo dicho recorte conceptual facilita la construcción del tipo «adicto». El concepto de «efectos de bucle» formulado por Ian Hacking (1996) me va a permitir articular la crítica de Szasz (1985/1990) respecto a la fabricación de la desviación con el modelo de Pickard (2021) sobre la función identitaria de la categoría. Por último, analizaré la agencia de quienes se adscriben a la identidad de adictos, distinguiendo sus respuestas subjetivas de los daños que subsisten con independencia de dicha clasificación.
I. Antes de la persona, la categoría
El sustantivo «droga» aparenta designar una categoría de objetos nítidamente identificable. No obstante, Zeller (2023) introduce una distinción clave entre su acepción técnica —referida a la clase farmacológica de las sustancias psicoactivas— y su dimensión social, la cual restringe el término a los elementos ilegalizados. Sustancias como el alcohol y la cafeína alteran los estados cognitivos sin recibir habitualmente la misma denominación que la cocaína. Esta divergencia se encuentra supeditada a decisiones jurídicas, pautas sociales y juicios morales. En consecuencia, Zeller objeta la naturalización de una frontera social cuya naturaleza es, en rigor, históricamente variable.
A partir de la noción de «droga» se infiere una tipología de uso y, por derivación, una clase de usuarios. La imbricación automática entre «droga» y adicción —que Zeller (2023) identifica como una de las connotaciones inherentes al término en su uso social— propicia un deslizamiento discursivo que transita del enunciado «consume una sustancia ilegalizada» hacia el diagnóstico «es un adicto» y, finalmente, a la premisa «es incapaz de gobernarse». Es importante dejar claro que no hay bases de las cuales se siga que del consumo esporádico emerja un patrón sistemático; ni de un determinado patrón de consumo, un trastorno; ni de un padecimiento concreto, una falta de autonomía.
En el marco del sentido social de «droga», el estatus de ilegalidad funciona como el vector que aglutina sustancias heterogéneas. Esa misma categoría es instrumentalizada para legitimar la prohibición, bajo el supuesto de que sus componentes comparten una peligrosidad intrínseca. Se configura de este modo una suerte de circularidad tautológica: se prohíbe en tanto son «drogas», y se las codifica como tales en virtud de su prohibición.
Una vez instituido el tipo social del «adicto», emerge la tendencia a explicar la totalidad de sus acciones en función de dicha asignación identitaria. Si el sujeto consume, el diagnóstico queda ratificado; si manifiesta su capacidad de interrupción, se interpreta como un mecanismo de «negación» ante la gravedad de su cuadro; si cesa el consumo, el desenlace se presenta como una anomalía frente al poder de la sustancia. El denominado «determinismo farmacológico» confiere a la sustancia una agencia cuasi mágica que invisibiliza las características específicas del uso (Zeller, 2023).
En Drogas y ritual, Szasz (1985/1990) profundiza esta sospecha. El autor sostiene que el concepto de «adicción» opera como la designación de una desviación éticamente reprobada antes que como una entidad clínica objetiva. Bajo esta perspectiva, el «adicto» es producido simultáneamente como paciente y transgresor: se postula su necesidad de tutela en razón de una supuesta pérdida de control, al tiempo que se lo criminaliza por encarnar un riesgo social.
Este dilema teórico no se resuelve mediante la mera sustitución de «droga» por un tecnicismo que deje indemne la estructura discursiva subyacente. Zeller (2023) opta por la desagregación nominal de cada sustancia o, en su defecto, por la fórmula «sustancias psicoactivas ilegalizadas» para aludir al conjunto jurídicamente delimitado. Esta última formulación visibiliza el criterio político de agrupación, evitando la atribución de una esencia intrínsecamente nociva.
II. La clasificación vuelve sobre quien clasifica
El lenguaje de la medicina y la psicología impacta de forma concreta en la vida de un paciente. Un diagnóstico puede penetrar en la identidad de una persona y modificar sus reacciones físicas y emocionales. Esta porosidad entre la palabra y el sujeto es lo que el filósofo de la ciencia Ian Hacking (1996) denominó «efectos de bucle». Las clasificaciones de las ciencias naturales —las rocas, los elementos, los virus— permanecen indiferentes a nuestros intentos de encajonarlas. Pero los seres humanos poseemos la incómoda propiedad de la autoconciencia: habitamos las descripciones que se nos imponen, nos medimos contra ellas, las negociamos y las sufrimos. Se entiende bajo esta lógica cómo es que un diagnóstico clínico puede llegar a constituirse en un guion que traume la existencia de un paciente.
Un rótulo social o clínico se construye sobre una infraestructura de psicólogos, jueces, familiares, empleadores, etc., que se traduce en consecuencias concretas: una prescripción médica, el ostracismo social, un despido laboral o incluso una internación médica.
El psiquiatra Thomas Szasz (1985/1990) vislumbró la otra cara de la moneda de este proceso. Su análisis de la persecución ritual de la diferencia demuestra que categorías como «drogas peligrosas» o «adicto» no solo operan como descripciones desinteresadas de la salud pública, sino como tecnologías de control. La policía, la justicia, el historial clínico, los medios de comunicación y las redes sociales no son observadores neutrales que miran el fenómeno desde afuera, sino que forman parte activa. Cuando una clasificación se incrusta en estas prácticas de poder, sus efectos rebasan la cuestión puntual del estigma: se pueden traducir en la degradación de las condicionales materiales del individuo, la precarización laboral, la erosión de los vínculos familiares y la posterior deserción social. El sesgo del entrevistador laboral en la escena inicial sirve para representar al eslabón más débil de una cadena institucional que parece diseñada para excluir.
El bucle, sin embargo, alcanza su punto más traumático cuando la descripción externa es asimilada y adoptada como la respuesta definitiva a la pregunta por la propia identidad. Hanna Pickard (2021) realizón una objeción fundamental a la ortodoxia médica contemporánea: la reducción de la adicción a una mera «enfermedad neurobiológica de la compulsión» es incapaz de explicar por qué las personas continúan consumiendo a pesar de las consecuencias catastróficas. La observación clínica rigurosa demuestra que las personas con problemas de adicción conservan su autonomía: son capaces de posponer el consumo, responder a incentivos económicos, calibrar riesgos y tomar decisiones estratégicas. Reducirlos a autómatas dominados por un lapsus mental indeterminado es una simplificación inexacta. Si la conducta persiste a pesar del daño aparente, argumenta Pickard, no es por una ausencia total de voluntad, sino porque el consumo cumple una función vital dentro de la economía psíquica y social del individuo.
Como ya se mencionó anteriormente, para muchos individuos, la identidad de «adicto» —con toda su carga trágica— es quizás su único refugio identitario disponible. Dejar de consumir ya no significa simplemente atravesar el síndrome de abstinencia física; significa aceptar el desahucio social, la pérdida de los amigos, el derrumbe de los hábitos cotidianos y el enfrentamiento con un sentido de vacío asfixiante.
En este punto, el efecto de bucle adquiere un tinte trágico. La etiqueta de «adicto» porta una fuerte expectativa social de recaída, de fracaso y de cronicidad. Si el sujeto lo incorpora en el centro de su vida, la expectativa se convierte en casi una norma: seguir consumiendo es el modo perverso de confirmar quién se es, mientras que la sobriedad se experimenta como una traición a su propia comunidad. Entonces, si obligamos a alguien a abandonar la identidad que lo sostiene, ¿qué otros vínculos, qué otros entornos y qué otras narrativas estamos dispuestos a ofrecerle para que pueda reconvertirse?
III. El yo entre la acusación y el refugio
Si bien existe una convergencia entre Szasz (1985/1990) y Pickard (2021), sus miradas se sitúan en polos opuestos. Mientras Szasz focaliza en la violencia macroinstitucional —el Estado y la psiquiatría reprimiendo la heterogeneidad—, Pickard se inclina sobre la intimidad de la primera persona para entender cómo esa misma etiqueta, nacida del agravio, puede ser habitada con orgullo. Estamos entonces ante el peligro de caricaturizar ambas perspectivas: que por un lado, exista una víctima pasiva, un autómata que se limita a repetir el estigma inyectado por el poder; y por el otro, un individuo hipervoluntarista, un átomo liberal que posee completo control de sus deseos. La realidad, claro está, es más compleja: los seres humanos hacemos lo que está a nuestro alcance con las categorías que nos son instaladas.
Pickard (2021) ilustra este dilema con el testimonio de una mujer que recordaba con nostalgia los saberes técnicos y callejeros acumulados durante sus años de consumo de heroína; para ella, esas destrezas eran su única fuente de orgullo y competencia. Al transitar hacia la sobriedad, no se topó con la libertad, sino con una especie de desierto: el abandono del consumo dejó en ella un vacío de rutinas, de comunidad y de un entramado sociales donde reconocerse. Recuperarse no es apagar un resorte mental fallido mediante la fuerza de voluntad; es reconstruir la propia identidad. A menudo, la palabra «recuperación» se usa con ingenuidad, como si supusiera el retorno a un yo previo y sano. Pero para que haya un retorno, ese yo anterior debe haber existido y los lazos sociales que lo sostenían deben existir aún. Cuando el consumo se inicia en la juventud o arrasa con el trabajo, la vivienda y los afectos, la idea de “volver” es una metáfora absurda.
Sobre esta problemática, Szasz (1985/1990), con su aguda perspectiva libertaria, advertiría que transformar el vacío existencial en una obligación terapéutica administrada por el Estado no es más que otra mutación de la tutela médica, un nuevo intento de normalizar al disidente bajo el disfraz de la compasión. Entonces, desde su punto de vista, si alguien encuentra un sentido de pertenencia genuino en una comunidad de consumo, ningún observador externo tiene el derecho de dictaminar que su vida carece de valor para sustituirla por un ideal burocrático de sobriedad.
Aun aceptando lo que dice Szasz (1985/1990), respetar esa comunidad no puede ser la coartada para abandonar a quienes buscan desesperadamente una salida. La frontera ética que separa la emancipación de la tiranía radica en la diferencia entre ofrecer las condiciones materiales para una transformación elegida o imponer desde arriba una identidad correcta.
IV. La objeción: una etiqueta también puede abrir caminos
Hasta este punto, el foco de lo discutido fue la sospecha ante el acto de clasificar. Se podría objetar, no sin razón, que este enfoque sobredimensiona la amenaza de la etiqueta y subestima sus virtudes terapéuticas y comunitarias. Al fin y al cabo, pronunciar un rotundo «soy adicto» permite que el sujeto deje de castigarse por sus derrotas y encuentre un punto en común con otros individuos. Pickard (2021) rescata estudios sociológicos que demuestran cómo aquellos que consiguen autoidentificarse como «exfumadores» sostienen la abstinencia con un éxito notablemente mayor que quienes se siguen pensando como «fumadores en suspenso». Si una categoría es capaz de vertebrar una rutina destructiva, también posee la potencia para torcer la trayectoria hacia un rumbo mejor. ¿Hacemos bien, entonces, en insistir en tratar la etiqueta solo como un problema?
La tesis del bucle hackingiano no necesita de ese reduccionismo. Si Hacking (1996) habla de un circuito abierto es precisamente porque los clasificados responden, se desvían y, al hacerlo, agrietan y transforman la taxonomía que los intentaba contener. Una persona puede decir «soy adicta» como un grito de resistencia, como un pedido de auxilio, como un rito de pertenencia o como la exclamación frente a un dolor superado; el significado del mismo reside en la asimetría de poder de la situación donde se suscribe. Lo que en una entrevista de trabajo sirve de condena, en el círculo de confianza de un grupo de pares se constituye como un signo de pertenencia.
Por esta razón, resulta imperativo trazar una frontera entre la autoidentificación voluntaria y la asignación externa, sin caer en la ingenuidad de creer que la primera acontece inmune a las presiones del mundo. Un sujeto puede adueñarse del insulto con el que pretendieron herirlo y resignificarlo hasta convertirlo en bandera; pero también puede abrazar ese nombre simplemente porque la cultura no le ofrece una alternativa.
Cuando Zeller (2023) postula desmantelar el concepto de «droga» en lugar de intentar reapropiárselo, lo hace porque advierte que sus connotaciones punitivas son demasiado pesadas y tienden a retroalimentarse.
**En este punto cabe preguntarse, ¿no estaremos otorgándole al lenguaje un protagonismo desmedido? **La respuesta de Pickard (2021) a este escepticismo es de una gran honestidad intelectual: en lugar de catapultar la clasificación como la causa única del fenómeno, trabaja sobre hipótesis de la naturaleza heterogénea del mismo.
De igual modo, debemos blindarnos contra el argumento contrario: constatar que alguien se define como «adicto» y continúa consumiendo no autoriza a concluir que fue la etiqueta la que explica la continuidad de su conducta. Es posible que haya adoptado esa etiqueta precisamente porque el consumo ya se había apropiado de su existencia.
V. Cambiar el nombre, cambiar las posibilidades
¿Qué se desprende, entonces, de este derrotero del bucle para nuestro modo cotidiano y político de hablar? Una primera conclusión puede que sea que quizás necesitemos erradicar los universales; nombrar, como sugiere Zeller (2023), la sustancia específica, el patrón de su uso y sus particularidades, en lugar de seguir hablando de «la droga» como una entidad homogénea e indiferenciada.
Una segunda derivación se da en el plano institucional, cuando el formulario de un hospital, de un tribunal o el preocupacional de un proceso de selección solo ofrece las casillas binarias de «adicto (sí/no)». Si aquellas estructuras se edifican sobre el dogma de que el consumidor es un ser despojado de toda agencia, resulta inevitable su estigmatización. Si un empleador transforma un diagnóstico del pasado en el pronóstico inexorable del presente, deja poco o nada de margen para alternativas mejores.
La tercera conclusión apunta al corazón mismo de lo que llamamos «recuperación». Pickard (2021) describe que imaginarse en la sobriedad, como el caso de Cheryl que revisamos (Strayed, 2012/2013), se parece más a un trabajo artesanal de invención personal. Pero es importante entender que ese cambio necesita de una red de contención: lugares físicos donde fundar nuevos afectos y roles comunitarios donde el sujeto sea investido de un reconocimiento genuino.
Conclusión
El consumo de sustancias comporta una dimensión neuroquímica irreductible que ningún constructo lingüístico o racionalización teórica puede ni debe suplantar. No obstante, la experiencia del consumo está embebida en un espacio histórico, político y social que trasciende los límites de la farmacología. Reducirlo a su materialidad orgánica es ignorar las fuerzas colectivas que lo prefiguran.
En ese sentido, varios de los autores revisados nos han servido para desentrañar esta complejidad: Zeller (2023) nos mostró cómo el significante «droga» deforma la realidad al amalgamar sustancias radicalmente distintas bajo un mismo identificador; Szasz (1985/1990) nos advierte de que la etiqueta de «adicto» opera con frecuencia como una identidad desviada, minuciosamente producida y administrada por los aparatos de control; y Pickard (2021) nos obligó a mirar el otro lado del estigma, descubriendo que esa misma identidad puede albergar refugios y relaciones genuinas que explican su persistencia, y hasta su valor intrínseco.
Considerando todo esto, la introducción del concepto de «efectos de bucle» de Ian Hacking (1996) nos permite racionalizar las ideas de estos autores: las taxonomías humanas orientan las prácticas institucionales y las expectativas colectivas; los sujetos así catalogados responden, negocian o encarnan esas descripciones; y esas respuestas terminan por alterar la naturaleza misma de lo que se pretendía clasificar. El lenguaje científico y social no es un mero cronista de la realidad; es un arquitecto que edifica el suelo de la realidad de la que pasa a formar parte.
Mi conclusión es que este bucle no tiene por qué desembocar en un fatalismo lingüístico. Sostener que llamar «adicto» a alguien lo condena de forma inexorable a la recaída crónica sería incurrir en el mismo determinismo que se critica: sería despojarlo, una vez más, de su condición de sujeto y de su agencia.
Una etiqueta compartida también puede ser el territorio que dote al consumidor de una comunidad de iguales, de una memoria compartida y del lenguaje clínico o político necesario para pedir ayuda.
Quien observa, diagnostica y clasifica nunca es un espectador neutral; participa activamente en la configuración del espacio exacto donde se situará a las personas observadas. Aunque esto pueda parecer problemático, constituye un compromiso pragmático inevitable, ya que creo que es imposible abordar la adicción desde un afuera absoluto.
Al fin y al cabo, ningún dispositivo de control ni rótulo administrativo posee la legitimidad para dictaminar de antemano la agencia que esa persona conserva para reescribir su propia vida.
Referencias
Foucault, M. (2005). El poder psiquiátrico: Curso en el Collège de France (1973–1974) (H. Pons, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado en 2003).
Hacking, I. (1996). The looping effects of human kinds. En D. Sperber, D. Premack, & A. J. Premack (Eds.), Causal cognition: A multidisciplinary debate (pp. 351–394). Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/acprof:oso/9780198524021.003.0012
Pickard, H. (2021). Addiction and the self. Noûs, 55(4), 737–761. https://doi.org/10.1111/nous.12328
Strayed, C. (2013). Salvaje (I. Ferrer & C. Milla, Trads.). Roca Editorial. (Trabajo original publicado en 2012).
Szasz, T. (1990). Drogas y ritual: La persecución ritual de drogas, adictos e inductores (A. Escohotado, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado en 1985).
Zeller, M. (2023). La importancia de llamar a las drogas por su nombre. Eleusis, 1(1), 50–71. https://ridaa.unq.edu.ar/handle/20.500.11807/6455