“La piedra recibe su ser; no tiene que pelear por ser lo que es—una piedra en el prado. El hombre, en cambio, debe hacerse él mismo frente a circunstancias adversas; es decir, ha de conquistar su existencia minuto a minuto. Se le concede la posibilidad abstracta de existir, nunca la realidad. Esa realidad él mismo la ha de arrebatar, hora tras hora.
El hombre debe ganarse la vida, no solamente en lo económico, también en lo metafísico.”
Hay frases que funcionan como diagnóstico. No describen un estado de ánimo, sino una estructura: el modo en que algo está hecho. Esta es una de ellas. Si se la toma en serio, obliga a pensar la vida humana como una tarea que no se agota en producir ingresos, sino en conquistar forma: sostener un proyecto, elegir una dirección, producir continuidad allí donde, por defecto, habría dispersión.
Durante mucho tiempo el trabajo fue un nombre—imperfecto, pero útil—para esa conquista. No porque el trabajo garantice sentido, sino porque introduce algo que el sentido suele necesitar: fricción, ritmo, demora, esfuerzo sostenido. Y la fricción, aunque suene poco romántica, es una de las maneras en que se fabrican el carácter y el oficio: aquello que uno llega a ser.
Hoy, sin embargo, la pregunta reaparece en una escala distinta. No solo por “el trabajo” en abstracto, sino por el tipo de técnica que está entrando en escena.
Técnica y circunstancia
En Ortega, circunstancia no es el “contexto” entendido como telón de fondo. Es el material mismo de la vida: el conjunto de facilidades y dificultades en el que uno está arrojado, y con el que tiene que negociar para existir. No elegimos la circunstancia; habitamos en ella. Y, sin embargo, la vida humana no se limita a padecerla: intenta reorganizarla.
La técnica —en ese marco— no es un simple agregado instrumental. Opera como condición de posibilidad: un modo de reconfigurar la circunstancia para poder habitarla. Técnica, entonces, no es “un gadget”. Es la manera en que un programa vital se vuelve practicable: la reforma del mundo para que la vida que imaginamos no quede en idea.
Eso explica por qué la técnica, a medida que progresa, no solo cambia lo que hacemos. Cambia la forma misma de estar en el mundo.
El superfluo y la vida inventada
Ortega sugiere —con una lucidez incómoda— que la técnica produce lo superfluo. No en el sentido moral de “capricho”, sino como aquello que excede la necesidad biológica y, aun así, define civilización: cultura, estilo, orden, instituciones, hábitos, tiempo disponible, y una cierta idea de bienestar.
Y ahí aparece una definición particularmente fértil:
La técnica es el esfuerzo para ahorrar esfuerzo.
El hueco dejado por el esfuerzo ahorrado se emplea en “inventar la vida”.
Esa fórmula tiene una doble cara. Por un lado, es optimista: aliviar la necesidad abre espacio para vivir más allá de lo meramente animal. Pero, por otro, es exigente: ahorrar esfuerzo no resuelve la vida; la expone. Deja un hueco y, con él, una obligación: decidir qué hacer con la libertad que la técnica habilita.
La vida humana no es solo supervivencia. Es, también, invención: selección de fines, elaboración de hábitos, construcción de una figura personal y común. La técnica puede facilitar esa invención. También puede complicarla.
IA y el superfluo simbólico
La IA altera la escala porque no solo fabrica objetos o comodidades: fabrica, a bajo costo, formas simbólicas.
Texto, imágenes, música, relatos, argumentos, decisiones sugeridas: materiales con los que una sociedad se explica, se persuade, se entretiene y se gobierna.
En ese sentido, la IA multiplica lo “superfluo” allí donde hoy se juega gran parte de la experiencia moderna: en la producción masiva de contenido, interpretación y sentido disponible.
El riesgo, entonces, no es la escasez, sino el exceso:
no la falta de estímulo, sino la posibilidad de una vida continuamente ocupada y, sin embargo, poco orientada.
Porque si la IA multiplica ese superfluo simbólico —contenido, interpretación, sugerencias— también multiplica los “horizontes” disponibles: muchas versiones de lo posible, muchas narrativas de lo que conviene, muchas rutas ya trazadas para la atención.
La abundancia no garantiza libertad. Puede producir, también, dispersión.
Trabajo, forma y autoría
Si la vida humana no consiste en recibir un ser ya dado, sino en hacerse en una circunstancia, entonces no basta con disponer de posibilidades: hace falta un programa que seleccione, jerarquice, sostenga. De lo contrario, el “poder ser” se convierte en fluctuación: una disponibilidad perpetua que nunca se coagula en carácter.
Durante mucho tiempo, el trabajo —en un sentido amplio, no solo económico— operó como uno de los grandes organizadores de ese programa: imponía ritmo, imponía continuidad, exigía persistencia; obligaba a concentrar energía en algo que, al resistirse, terminaba configurando oficio e identidad.
Si una parte creciente de ese esfuerzo es ahorrada o externalizada, la pregunta no es simplemente qué tareas desaparecen, sino qué principio de forma queda en su lugar.
Y aquí aparece un punto delicado: una técnica que libera puede abrir espacio para la invención; pero también puede facilitar la delegación de la autoría. No sería el “reemplazo” lo decisivo, sino la renuncia: que el hueco se llene con lo ya dado —con lo sugerido, lo preformateado, lo que la época ofrece como menú— y no con una elección verdaderamente asumida.
No se trata de idealizar el pasado ni de demonizar la automatización. Ortega mismo no escribe contra la técnica; escribe desde la intuición de que la técnica es constitutiva del humano. Pero esa constitución tiene un precio: la vida liberada no viene con instrucciones.
Del gobierno a la salud: desplazamientos de escala
Si la IA continúa expandiéndose —como todo indica que lo hará, aunque sus ritmos y límites sean discutibles— es razonable pensar que no se restringirá a los “trabajos creativos” o al software. La técnica tiende a colonizar donde encuentra regularidad, datos, incentivos y estructuras institucionales que la absorban.
Es plausible imaginar desplazamientos graduales en áreas como:
- Administración y gobierno: burocracias automatizadas, sistemas de asignación, optimización de recursos, auditoría y detección de fraude, redacción normativa asistida.
- Justicia: clasificación y síntesis de expedientes, análisis de jurisprudencia, recomendaciones (con el riesgo obvio: convertir recomendaciones en decisiones).
- Salud: triage, apoyo diagnóstico, protocolos, seguimiento y administración clínica —con tensiones profundas entre eficiencia, responsabilidad y confianza.
- Militar y seguridad: vigilancia, logística, simulación, ciberguerra, sistemas autónomos —donde los dilemas éticos no son decorativos, sino estructurales.
- Infraestructura crítica: energía, transporte, telecomunicaciones, finanzas —sectores donde “delegar” puede ser inevitable, pero nunca inocuo.
Nada de esto implica un destino cerrado. Sí sugiere una transformación: no solo de empleos, sino de autoridad, de confianza y de distribución de responsabilidades.
¿Piedras?
El título no pretende dramatizar. Funciona como una imagen límite.
Si el humano “debe ganarse la vida también en lo metafísico”, entonces una vida con menos exigencias prácticas puede ser tanto un triunfo como un problema: triunfo si el hueco se vuelve invención; problema si el hueco se vuelve mero consumo de lo ya disponible.
Volverse “piedras” no sería quedarse sin trabajo. Sería algo más sutil: vivir en una circunstancia cada vez más organizada por sistemas que proponen, optimizan y sugieren, mientras la vida personal se vuelve menos autora de sí misma. No por coerción, sino por comodidad. No por falta de opciones, sino por exceso.
La técnica puede aliviar la necesidad, pero no puede, por sí sola, decidir qué vida merece ser vivida.
Y ese desplazamiento —del “qué tengo que hacer” al “qué voy a hacer”— no es técnico: es existencial.
Quizá el problema contemporáneo no consista en resistir la técnica, sino en sostener, dentro de un mundo técnicamente facilitado, la capacidad de orientar la vida: elegir fines, asumir costos, construir continuidad.
A fin de cuentas, el hueco no es un descanso: es una pregunta.