Redaktor: la escritura entre el oficio humano y la técnica artificial
Algo está cambiando en la manera en que los seres humanos producen texto. Estamos frente a una transformación cualitativa que altera simultáneamente el proceso, el producto y la relación del autor con su propia obra. La inteligencia artificial generativa dejó de ser un asistente que corrige errores o sugiere sinónimos: es un agente capaz de componer, estructurar, evaluar y reescribir con un grado de competencia que obliga a replantear qué significa, hoy, escribir.
Este ensayo narra una experiencia concreta de esa transformación. Lo hago en primera persona, desde la búsqueda de mejorar mis skills de escritura.
El punto de partida: una conversación con la máquina
Todo comenzó con una pregunta sencilla dirigida a ChatGPT: ¿cómo puedo escribir mejor en español? Lo que volvió fue una conversación iterativa que me permitió identificar mis carencias: puntuación imprecisa, subordinación excesiva, adjetivación vaga, escasa variedad rítmica. La máquina funcionó, en esa etapa, como un diagnóstico: señalaba problemas con la franqueza de quien carece de ego que defender y de reputación que cuidar.
Esa conversación me condujo, hace unos meses, al Curso de redacción de Gonzalo Martín Vivaldi, un tratado sistemático que abarca desde la puntuación hasta las técnicas de composición literaria. Decidí estudiarlo con el rigor de quien se forma en un oficio manual: capítulo por capítulo, tomando notas, probando reglas, haciendo los ejercicios. Durante ese periodo el aprendizaje fue enteramente humano. Lectura, reflexión, práctica, error. Nada de IA.
El libro de Vivaldi resultó ser una obra extraordinaria. Condensaba, en más de quinientas páginas, un sistema completo de principios, reglas operativas y ejemplos que cubrían desde la coma del vocativo hasta la técnica del estilo semidirecto. La verdadera dificultad estaba en integrar todo: escribir un párrafo que respetara simultáneamente la concisión, la naturalidad, la precisión léxica, el dinamismo verbal y la armonía sonora exigía una capacidad de atención múltiple que solo se adquiere con práctica.
La necesidad de sistematizar
Al terminar el curso, me enfrenté a un problema práctico. El conocimiento estaba en mi cabeza, disperso entre apuntes y subrayados, pero carecía de un mecanismo que me permitiera activarlo de forma operativa cada vez que me sentara a redactar un texto nuevo. Lo que necesitaba era un sistema capaz de traducir aquella masa de principios en instrucciones concretas, ponderadas y adaptables al género, la audiencia y el propósito de cada escrito. Algo más ambicioso que un resumen, más estructurado que un apunte.
Redaktor: un motor de escritura profesional
Redaktor es una aplicación web que convierte el conocimiento del Curso de redacción en un sistema operativo de escritura asistida por inteligencia artificial. Su arquitectura se organiza en torno a tres conceptos: una base de conocimiento extraída del libro (principios, reglas, antirreglas, transformaciones), una ontología de variables estilísticas (precisión léxica, concisión, naturalidad, dinamismo verbal, uso de metáfora, entre otras) y un conjunto de perfiles de escritura que asignan pesos diferenciados a cada variable según el tipo de texto que se desea producir.
La aplicación, en sí misma, prescinde de todo modelo de lenguaje. Su función consiste en generar prompts: instrucciones estructuradas y completas que el usuario copia y ejecuta en el modelo de su elección. Esos prompts incorporan el rol del escritor, la base de conocimiento pertinente, el perfil activo con sus pesos, la tarea concreta y las instrucciones de ejecución. El resultado es un texto que responde a criterios de calidad explícitos y mensurables —bien lejos de la intuición genérica de un modelo que opera a ciegas.
Además del módulo de generación, Redaktor incluye un módulo de evaluación que produce prompts de crítica estructurada: puntuación global, análisis por variable, fortalezas, problemas detectados, sugerencias de mejora y reescritura del párrafo más débil. Un módulo de importación permite alimentar la base de conocimiento con nuevos capítulos procesados por un modelo externo, y un grafo visual muestra las relaciones de refuerzo, tensión y dependencia entre las variables del sistema.
El proceso: vibe coding y recursividad agéntica
La implementación de Redaktor siguió un método que suele denominarse vibe coding: programación guiada por inteligencia artificial donde el desarrollador define la intención y el agente genera el código. Utilicé un flujo de trabajo agéntico —un modelo de IA con acceso a herramientas de lectura, escritura y ejecución de código— que me permitió tener la aplicación funcional en un par de horas. El stack tecnológico (React, TypeScript, Vite, Tailwind CSS, Zustand para la gestión de estado, React Flow para el grafo) fue seleccionado por el agente a partir de un plan de implementación que él mismo generó.
Acá aparece un rasgo interesante: ese plan fue producido gracias a prompts que yo había construido previamente para tareas similares de diseño de software, y esos prompts, a su vez, habían sido refinados con asistencia de inteligencia artificial. El proceso exhibe su naturaleza recursiva: cada capa de automatización se apoya en una capa anterior, y cada iteración produce un resultado que se construye con el input del precedente.
Conviene agregar un dato más: este mismo ensayo fue generado por inteligencia artificial y solo editorializado a posteriori por mí. El prompt que lo produjo fue construido, precisamente, con Redaktor.
La escritura emplazada
El proceso del cual estoy hablando no es anecdótico, sino una instancia de una transformación estructural que afecta a todos los procesos creativos mediados por lenguaje. La inteligencia artificial, al menos por ahora, todavía necesita un escritor del otro lado —pero le redefine la función: lo desplaza del rol de ejecutor al de arquitecto, curador y editor.
Martin Heidegger advirtió, en su reflexión sobre la esencia de la técnica, que lo tecnológico desborda largamente lo instrumental. Lo que él llamó Gestell —el emplazamiento, la estructura de provocación que convierte todo ente en recurso disponible— designa un modo de desocultamiento que configura nuestra relación entera con lo real, por encima de cualquier voluntad individual de control. La inteligencia artificial generativa opera exactamente así: constituye un marco que reorganiza lo que entendemos por escritura, autoría y pensamiento. Cuando un modelo puede generar un ensayo técnicamente correcto en segundos, la pregunta pertinente deja de ser cómo escribir y pasa a ser qué significa que alguien escriba.
Marshall McLuhan complementa esa perspectiva con una intuición igualmente incisiva: todo medio es, simultáneamente, una extensión y una amputación. La rueda extiende el pie y atrofia la capacidad de caminar largas distancias; la escritura extiende la memoria y debilita la tradición oral. La inteligencia artificial extiende la capacidad compositiva del escritor —le permite producir más, más rápido, con mayor control sobre variables estilísticas— y, al mismo tiempo, le cobra un precio: quizá la lentitud reflexiva que obliga a pensar cada palabra, quizá la resistencia del material que fortalece el oficio, quizá cierta relación íntima entre el esfuerzo expresivo y la autenticidad del resultado.
Conclusión
Redaktor encarna esa tensión sin pretender, bajo ningún concepto, resolverla. No deja de ser un proyecto de fin de semana para entretener a mi espíritu inquieto y creativo. Lo interesante es, me parece, mostrar cómo el proceso creativo se ha visto transformado por la irrupción de la IA y cómo nos permite llevar a la realidad ideas que, en el pasado, hubiera sido imposible materializar dentro de los horarios y responsabilidades de nuestro día a día. Todos los días me cruzo con apps creadas por personas que jamás programaron en su vida, y me llena de interés y curiosidad por conocer de esas personas que nunca fueron de sistemas hechas realidad. Ojalá la IA sirva para promover la creatividad y el espíritu de muchas personas, especialmente aquellas que nunca fueron parte del sector tecnológico.